Efervescente Espacio Telefónica

La televisión nos ha vuelto a reunir en el auditorio del Espacio Telefónica. En esta ocasión para analizar la carrera de Antonio Mercero, maestro del retrato de la ingenuidad social de esta España nuestra a través de la ficción en primer plano. Del terror con lo cotidiano de La Cabina al maravilloso mundo de los personajes secundarios de Farmacia de Guardia, esas gentes que mueven la sociedad sin aparecer en el Telediario. Sin olvidar, las vacaciones en las que el país entró en la edad del pavo de su democracia en aquel Verano Azul del sentimiento universal. De eso, y más, hablamos en este emblemático lugar de la Gran Vía, que se ha transformado en un epicentro de innovación, debate e ideas en perspectiva. Aprendiendo del pasado, construyendo el futuro. Y haciéndolo de una manera accesiblemente entretenida para todos los públicos. Eso debe ser una fundación atenta a su tiempo. Y ese es el derrotero que está asumiendo el Espacio Telefónica. Un espacio donde no es tabú mirar el móvil durante la charla (vale, me pillaron en la foto) porque los usuarios te escriben en directo para preguntarte y aportarte. Eso también son los nuevos tiempos, en los que no hay tantos corsés como antaño, en los que las conferencias no tienen que padecer viejos protocolos de conferencias. Un honor, pues, pasar por allí. En esta ocasión, como ponente. Pero, habitualmente, como eterno aprendiz escondido en el patio de butacas. Con este acto, dentro del programa Hay vida en martes, cierro también mi particular temporada laboral, que ha sido muy gratificante a nivel profesional y personal. Tanto en mi trabajo de divulgación de la televisión a diario en La Información, como en la Universidad o en los Congresos que he colaborado. Y empiezo mis vacaciones sorprendiéndome a mi mismo porque, después de muchos años y en un panorama televisivo atascado, me voy efervescentemente porque estoy ilusionado con las emociones que esperan a partir de septiembre. Aprenderemos juntos, fijo. E incluso hasta puede que nos equivoquemos, pero sólo para seguir aprendiendo, ¿eh?. Corto, que me sube la intensidad a la cabeza.

Último día en Cope

Hace cinco años crucé por primera vez esta puerta de Cope. No vine solo, me acompañó un amor imposible, de esos que se cruzan en tu camino para enseñarte sin darte cuenta, acompañarte sin darte cuenta, inspirarte sin darse cuenta. Aquel día, que me acerqué como invitado a un programa, no sabía que me quedaría como colaborador, primero en La Mañana con Javi Nieves y María de Meer y, en esta última temporada, haciendo lo propio con Rosa Rosado a las tantas de sus madrugadas. Tarde, muy tarde. Cinco años soltándome en la radio: como dice mi abuela, ya no hablo tan rápido, ya soy más yo, a pesar de todo. Con el tiempo, me he quitado muchos prejuicios con la emisora y la gente que, con su trabajo diario, la hace posible. Y hoy, justo cuando se cumplen cinco años de la primera vez que crucé esta arqueada puerta, salgo de nuevo por ella. He hecho esta foto de recuerdo, para Instagram. Y, en ese instante, me he dado cuenta de que al otro lado del arco ya no hay nadie esperándome. Dramático yo. Pero, ahí, plantado, me he reído de mi mismo y, a la vez, me he ilusionado por seguir sintiendo para poder seguir creciendo. Septiembre promete.

Cuando enseñas tus correos a toda la Facultad

Vale, no me percaté. Abrí mi correo y el escritorio del ordenador ya estaba siendo proyectado en la pantalla del auditorio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Los alumnos no dudaron en inmortalizar el momento. Algunos, después, reconocieron que hicieron zoom. Por suerte, no tenía ningún correo comprometido. De hecho, mi mail suele ser muy aburrido. Con mucho spam y poca epístola de amor. Así que fue mucho más interesante la clase sobre la nueva era de los contenidos televisivos, dónde va a parar.

Lluís y el miedo a lo imprevisible

Todo lo que somos es también gracias a los amigos que nos encontramos en el camino. Como Lluís, que apareció por sorpresa para recitar un poema en la radio y, al final, se quedó. Su talento sin complejos hacía crecer el programa y, poco a poco, me di cuenta que su forma de mirar el mundo también me estaba haciendo crecer a mí. Poeta, autor teatral, director creativo de una agencia de publicidad, co-letrista de Lo Malo… es difícil resumir en un rótulo la profesión de Lluís Mosquera. Porque es de esas personas que son tan creativas que son complicadas de etiquetar en un mundo en el que, por suerte, las etiquetas cada vez son menos importantes. También eso me inspira de Lluís, su manera de romper clichés o, mejor aún, imaginar anti-clichés que definen las realidades cotidianas que nos unen más allá de sexualidades, razas o prejuicios. Eso lo consigue con su libro Mi poemario debería estar en todas las casas, que ha publicado Hidroavión y que, estas semanas, está presentando en diferentes ciudades. Bueno, y yo con él, pues además de prologuista orgulloso de esta obra, me he tirado a la piscina de acompañar a Lluís en este tour experimento para explicar su publicación pero, también, hablar de los daños y aprecios colaterales del universo millennial. O como se diga. Ya hemos estado en Madrid con Carolina Iglesias (Percebes y Grelos), en Sevilla con Ricky Merino y en Valencia con María Juan (en la foto de arriba, después de que Lluís tuviera que explicar en público a su padre qué era un bukake). He disfrutado muchísimo cada presentación. Ninguna de las charlas se ha parecido a otra. Quizá porque Lluís y yo tenemos un detallito en común: no tenemos ningún miedo a lo imprevisible.

En ‘Millenium’ de TVE

Eurovisión ha conseguido reunirnos a Toñi Prieto, Manuel Martos, Barei y un servidor en el programa de Ramón Colom, Millenium. Un formato-oasis de La 2 que lo mismo realiza una masterclass sobre el universo Hawking que se sumerge en el rescate bancario o termina hablando del Chikilicuatre. Y tuve que ser yo el que sacara este simpático tema. Había que hacerlo, lo sabéis. Al principio, en un estudio de televisión tan pretendidamente serio, tan pretendidamente silencioso y con las sillas tan pretendidamente separadas me sentí un poco intruso. Pero creo que pudimos aportar algunos argumentos constructivos que definen la historia de una competición musical entre televisiones europeas que se ha terminado convirtiendo en todo un fenómeno viralosocial. Un estatus que Eurovisión ha alcanzado gracias a su habilidad para ir por delante en creatividad, en tecnología y, no menos importante, en aprovechamiento de las nuevas ventanas de consumo, donde las redes sociales son cruciales para potenciar la expectación de la emisión televisiva tradicional. Explicar todo esto delante de Ramón Colom, que dirigió una brillante etapa de TVE, acongoja. No me lo tengáis en cuenta y recordadme que planche los pantalones la próxima vez que vaya a la tele. Bueno, sólo si es La 2.

Crisis existenciales

La televisión pasa por una crisis existencial. Vamos, que la televisión está como yo, en una especie de regeneración en busca de su sitio. Pero que nadie se asuste, pues (la televisión) encontrará su ubicación perfecta, claro que la encontrará. Es más, esta mutación servirá a los contenidos televisivos para ser más fuertes, más diversos y más coherentes con los hábitos del espectador. De esto mismo hablé en el Santander Social Weekend, que organiza El Diario Montañés y en el que participé con la ponencia “¿Internet mató la TV? Los nuevos consumos y la catarsis televisiva”. Una charla en la que intenté desgranar fortalezas y debilidades de la televisión de hoy, aprendiendo de la historia de la radio, la prensa en papel, la propia televisión y mi extraña relación con la ciudad en la que nací. De hecho, este encuentro fue también especial para mí porque supuso el regreso a mi ciudad, Santander, aunque curiosamente cada vez me sienta más forastero y extraño en ella. Esto habrá que remediarlo.

Empollones

En mi última clase, siempre pido una foto a los alumnos. Tal vez porque, así, dentro de unos años, pueda decir aquello de ¡yo les vi primero! Y, este año, y ya van cuatro dando clase en el máster de contenidos televisivos de Gestmusic, sé que esta panda de creadores se labrarán un camino. Sea dónde sea. Sea cómo sea. Tienen mimbres para lograrlo: tienen ideas, tienen obsesiones y, además, en este curso, han exprimido la oportunidad de adquirir una visión profesional bastante global de los mejores que hacen la televisión en España, la de siempre y la que viene. De Jordi Rossel a Pablo Lara. De Tinet Rubira a Eva Marín. De dentro y de fuera de Gestmusic. Por mi parte, en este curso, he podido dar un paso más allá y realizar una jornada en la que explicar artesanales herramientas que tan bien aprovechó Chicho Ibáñez Serrador en la televisión del pasado y que sirven para enriquecer la televisión del futuro. Apasionante, aunque habrá que pulir más esa clase para la próxima. Además, en otras jornadas, diseccionamos el fenómeno Operación Triunfo -con sus pros y contras-, estudiamos nuevas narrativas audiovisuales, nos sumergimos en distintas tácticas y artes de la tele internacional e incluso realizamos un taller interactivo con Twitter. También realicé alguna confesión, como el realizador que más me gusta (silencio) literalmente. Me puse muy rojo, claro. Todo sea por el gag que desengrasa una clase de dos horas.

Aprendiendo en el récord Guinness de radio de la Universidad Rey Juan Carlos

Los alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos, con el cómico Tito Rafa al frente, están completando el récord Guinness del programa de radio más largo de la historia. 84 horas sin parar. Y (casi) sin dormir. Y allí, en el salón de actos de la Universidad, hemos estado José Miguel Contreras, Carmen Caffarel y un servidor participando en este maratón hertziano que también se puede ver, en directo, a través de Youtube. A nosotros, claro, nos ha tocado la parte de televisión. No podía ser de otra manera. Con Caffarel -que dirigió RTVE- y con Contreras -que ha hecho de todo en el medio, incluso ser uno de los impulsores de La Sexta- intercambiamos ideas sobre el modelo de televisión pública, sobre la situación de las privadas y, por supuesto, reflexionamos sobre la evolución y porvenir de esos medios en los que tendrán que trabajar los alumnos de la Facultad de Comunicación de la Rey Juan Carlos. Pero, mientras disecionábamos la tele ante la atenta mirada de los estudiantes -y de mi madre y mi abuela que estaban viéndolo en Youtube-, personalmente, también recordé -ahora es cuando me pongo un poco intenso- la oportunidad que estoy teniendo en estos años de aprender junto a los mejores profesionales de los medios. Porque, quizá, de lo mejor que está teniendo mi desarrollo profesional, ya sea en los artículos diarios en Lainformacion.com, en mis participaciones semanales en radio o en las clases, talleres o conferencias que imparto en la Universidad, es que sigo aprendiendo. Todo el rato. De los compañeros, de los alumnos, de los lectores, de los oyentes, de los espectadores o, como se dice ahora, de los usuarios. Palabra que, por cierto, es tan fría que me horroriza.

Ya puedo poner en el currículum que he sido colaborador de ‘Julia en la Onda’

Ya puedo poner en el currículum que he sido colaborador del programa Julia en la Onda. Nunca me había planteado tal cosa, pero esta misma cosa me impresiona. Porque debo confesar que descubrí la radio gracias a Julia Otero y su equipo con profesionales como Carmen Juan o Joan Quintanilla, entre tantos otros. Entonces, el programa se llamaba La Radio de Julia y, para un adolescente que estaba asistiendo a una televisión en la que parecía que ya sólo funcionaba el corazoneo, este formato me despertó la inquietud radiofónica y me demostró que eran posibles alternativas competitivas, creativas y auténticas. Pero esto ya lo he repetido muchas veces, lo que no he valorado tanto es la oportunidad que estoy teniendo en estos años de aprender con mi paso por diferentes emisoras de radio y sus distintos presentadores. Cada cadena es un universo y, a veces, es difícil encontrar la química. Más aún cuando mi máxima es: aquí hemos venido a jugar. Y en Julia en la Onda he podido jugar. Y, encima, con tiempo suficiente para explicar la televisión con cierta chicha –puedes escuchar las secciones aquí-. Y, encima, he podido sentir aquello que fantaseaba de adolescente: cuando me imaginaba cómo caminaban hacia la radio los colaboradores del programa entre la diversidad cultural de Las Ramblas. Lo que jamás imaginé es que, veinte años después, lo iba a plasmar en una red social llamada Instagram.

El camino a #JuliaenlaOnda

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